Quejoteos

He dejado las redes sociales. Al menos Twitter y Facebook. Son un nido de quejoteo y mala leche y yo he llegado a una edad en la que no me aporta nada. Mantengo Instagram porque no tiene tan mal rollo. 

En estos días tan complicados y extraños (aunque lo extraño ya sería lo ‘no-extraño’ ¿verdad?) podemos ver todo tipo de conexiones televisivas con diferentes lugares. Con motivo de Filomena llaman mucho la atención, y cansan, determinados quejoteos. Hasta tal punto que ya las declaraciones sin queja son muy bienvenidas.

En cuanto ocurre algún imprevisto, son los aeropuertos los que se convierten en la zona cero de la declaración quejumbrosa. Generalizando un rato largo: Se juntan en el aeropuerto los yuppitones y los pijos, dos grupos compuestos por gente que se cree con derecho a todo, maleducados e impacientes. Porque el pecado nacional español no es la envidia, es la impaciencia, otro día lo hablamos.

Y hay que sumar otro tipo de gente, los más normales, los que han hecho un esfuerzo económico para poder viajar por turismo, y algunos probablemente por primera vez en dos años (suele ser bianual) para reunirse con su familia. Los tres grupos forman un cóctel Molotov, entre la tontería de los primeros y segundos y la desesperación de los terceros, legítima, ya que algunos de ellos llevaban varios días en el aeropuerto, si no fuera tan petardamente quejumbrosa y si no se quejaran, en la práctica, de que nieva. Vean los comentarios del vídeo.

Vyacheslav Molotov tó contento viendo la que ha montado en Barajas

El caso es que como parece que en España se hace más caso al que protesta y la monta (a cuarenta años de nacionalismos consentidos me remito como prueba), habían decidido quejarse por todo. ‘No nos dan información…’ Toma, claro, ni yo se la he podido dar a mis alumnos el viernes pasado porque nadie tenía ni puta idea de qué iba a pasar. Nadie se quejó, por cierto. Incluso un lidercillo de Todo a 100 empezó a enardecer a los demás para que gritaran ‘¡Que abran las pistas! ¡Que abran las pistas!’. Mira, tronco, supongo que nadie más interesado que el Ministerio de Fomento en abrir las pistas, aunque no te lo creas no lo hacen por fastidiarte, igual cuando las abran te crees que es gracias a ti y al coñazo que has dado. Desde luego el domingo no abría la pista ni John McClane.

Contrasta de forma brutal con la mandanga adolfina suarecina madrileña-barajeña la resignación y buena educación con la que hablaba la gente atrapada en los pueblos, incluso en aquéllos que no suelen quedar bloqueados por una nevada, y unas personas que de forma tradicional e injusta suelen formar parte de frases hechas, como si fueran el colmo de la mala educación y la ordinariez: Los camioneros. Ejemplo de serenidad y tranquilidad a pesar de estar desanimados, cansados y preocupados.

¿Y ustedes? ¿Serían de los quejicas o de los estoicos? Comenten, comenten.

Finalizado al término de una mañana semisoleada, con nieve en el exterior, oyendo The Wild Rover, de Luke Kelly, con alegría. De hecho les dejo, que tengo que dar las cuatro palmaditas. 

Evocaciones del invierno con Filomena al otro lado de la ventana

La borrasca bautizada como Filomena ha traído consigo una nevada que ha dado imágenes hasta ahora nunca vistas en España, y que deberían ser suficientes para callar durante unos lustros a los amnésicos meteorológicos del ‘is qui yi ni niivi quimi intis’. Aunque no tengo mucha esperanza de que sus sinapsis recuerden estos días dentro de siquiera unos meses.

Cuando reina el tiempo suave y no se colapsan las carreteras por nieve, cuando el invierno esté aún lejos, tres obras de arte diferentes son mis favoritas, de entre todas las que evocan esta estación invernal, la misma que este comienzo de 2021 ha quedado grabada en nuestra memoria, aunque sólo sea por días en los merlucillos a los que me refiero en el párrafo anterior, que pronto volverán a brasear con su salmodia.

La nevada, de Francisco de Goya

Dos de mis grandes entretenimientos las (demasiado) pocas veces que visito El Prado son intentar repasar todos y cada uno de los personajes de El jardín de las delicias, de El Bosco, y pararme ante este cuadro de Goya, sentir su frío, la desesperación de los hombres que en él aparecen, admirar el paisaje no reconocible o estremecerme ante ese árbol vencido por el viento. Contemplar la dureza de la España del siglo XVIII, que en muchos casos es lo mismo que decir la de 1950 o, en algunos lugares, de 2021. Probablemente sea uno de los primeros cuadros no amables de Francisco de Goya, en una época en la que restan muchos años para sus obras más tenebrosas. Les recomiendo la visita a esta maravilla. Se quedarán helados.

La nevada, Francisco de Goya.jpg
La nevada. Francisco de Goya. 1786

Campos de Soria, de Antonio Machado

Pocos escritores me llegan de la manera en la que lo hace Don Antonio. Dentro de su gigantesca Campos de Castilla (1912) aparecen varias poesías encadenadas, con tema soriano, en la que me conmueve especialmente, aparte de la que figura en piedra en San Saturio, este retrato de la dureza y humildad sorianas.

La nieve. En el mesón al campo abierto
se ve el hogar donde la leña humea
y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,
cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose
cerca del fuego; su mechón de lana
la vieja hila, y una niña cose
verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero
que caminó sobre la blanca tierra,
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío
y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
—tal el golpe de un hacha sobre un leño—.

La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,
desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados
ha de correr con otras doncellitas
en los días azules y dorados,
cuando crecen las blancas margaritas.

Cuántas veces he repetido, en días como éstos, los cuatro últimos versos a mis hijas.

El invierno, de Vivaldi

Utilizo Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, como banda sonora para el primer pomodoro en mis sesiones de trabajo en casa, aunque quede un poco corta para 52 minutos. La última parte es el invierno, que suena así. No hay más preguntas, señoría. Disfruten este invierno, y si leen esto en otra época, simplemente evóquenlo. Y piensen que España es uno de los sitios más afortunados para disfrutar del ciclo y variedad de las estaciones.

¿O Tienen alguna otra evocación del invierno? Si es así, comenten, por favor.

Terminado de escribir escuchando la versión de Dont’ let me be misunderstood, de Santa Esmeralda, en el disco de la banda sonora de Kill Bill, una mañana de Filomena en la que comienza a derretirse la nieve.